Hay que ser un Anti-Midas para haber llegado hasta aquí

Por Sandor Alejandro Gerendas-Kiss
Publicado el 13 de mayo de 2017

 

Hay-que-ser-un-Anti-Midas-Articulo-de-Sandor-Alejandro-Gerendas-KissCon solo una palabra, exprópiese, una televisada varita mágica, se podía remover dueños de empresas centenarias en cuestión de segundos, sin derecho a pataleo ni tiempo a los propietarios para sacar sus bienes personales. ¡Donde hay arroz que se siembre caña y donde hay caña que se siembre arroz! Todo en vivo, todo en directo, todo en espectáculo, todo en un reality show que daba para todo. Los aplaudidores, como los llamaban en los primeros años de Gómez, renacieron en revolución e insuflaban adrenalina al gran comunicador. La retroalimentación de adulaciones y aguerridos enunciados daban pie a nuevas decisiones online, una más destemplada que la otra. Las expropiaciones anunciadas muchas veces se ejecutaban antes de que concluyera el interminable programa dominical. Todo lo bueno se convertía en expropiable y las cadenas de televisión en los escenarios ideales donde se decidía cada semana lo que se expropiaría y enseguida se cosechaban, no los productos de la tierra, sino los aplausos del público presente, entusiasmado con las fogosas palabras del líder.

Compadre, si usted no quiere producir entréguenos su hacienda que nosotros sí sabemos. Somos país petrolero potencia. No vamos a alimentar a una burguesía parasitaria. Que no se equivoquen. Al enemigo ni agua. Los puertos, las almacenadoras, las aduanas y los transportes ahora son del pueblo. No necesitamos de los privados, todo lo podemos hacer o importar. El 60% de la producción nacional e importaciones ya son del pueblo, también el almacenaje, la distribución y venta al detal. Llegaremos al 70, 80, 90 y por último al 100%. La soberanía alimentaria no puede estar en manos del enemigo. ¡Pelucón vamos por ti! Gritaba refiriéndose al jefe de una de las pocas empresas excelentes en manos privadas, dedicada a la fabricación de productos de consumo masivo.

Expropiaron fábricas de aceite, grandes molinos de trigo, empresas de café, arroz, caraotas, maíz, cebada, cerveza, yogurt y otros lácteos, fábricas de papel y cartón, fábricas de botellas de vidrio, fábricas de envases de plástico, granjas avícolas ponedoras, haciendas productoras de carne y leche, granjas modelo y hasta embotelladoras de agua. Casi ningún sector de la industria agroalimentaria salió ileso. Las vacas lecheras fueron sacrificadas para suplir carne. Luego, no habría leche ni carne.

Agroisleña pasó a ser Agropatria y las instalaciones e inventarios endosados al “pueblo”, más no el “know how” de la empresa. Se olvidaron de que aquello fue cimentado y levantado por 100 años de experiencia e investigación, y ese siglo de aprendizaje no era expropiable, pero tampoco hubo cálculo sobre el daño que se le haría al campo y al consumidor. Muerta Agroisleña no había quien suministrara semillas, fertilizantes ni fumigantes y mucho menos las tecnologías para saber utilizarlos. La futura escasez de alimentos quedaba notificada. Los agricultores se preocuparon, se quejaron, se movilizaron y avisaron que estaban al borde de la quiebra.

No nos amenacen, no se equivoquen parásitos. Somos país potencia, con las reservas de hidrocarburos más grandes del planeta y el petróleo a 140 y llegará a 200, 300 y más. Vamos a exigir un precio mínimo de $200 por barril. No los necesitamos. Si quiebran, allá ustedes, parásitos. Nosotros lo importaremos todo. No hay límites para nuestro crecimiento.

Se pensaba que el petróleo caro iba a durar mil años. Así que no había nada que temer, pero del norte mandaron un mensaje: ¡Cuidado, no les vaya a pasar como a la cigarra, la del cuento de las hormigas! Textual. Pero no hicieron caso a los “gringos de mierda” y no reunieron reservas para el invierno. No invirtieron durante la bonanza y más bien contrataron préstamos con el barril por encima de $100. Continuaba el bochinche, el despilfarro y la danza de millones de millones de dólares americanos, lo cual enmascaró por años la crisis que se estaba gestando. Luego vendría el anunciado invierno. Llegaría vestido de crisis económica, de escasez, de colas, de días de cédula y captahuellas para comprar en farmacias y abastos. El petróleo a $120 se convirtió en historia, las reservas internacionales pulverizadas, el país hipotecado y arruinado. Hasta el petróleo en el subsuelo fue dado en garantía por primera vez para obtener nuevos préstamos, sin conocerse de manera oficial a cuanto monta la deuda. Luego habría que honrar principal e intereses, con vencimientos a cada rato. Con ello cerraban el paso a lo esencial: harina, medicamentos e insumos para hospitales, aplicando la tan atacada política neoliberal, pura y dura del FMI. Cosas veredes Sancho, ninguna negociación que se recuerde había dejado sin medicinas ni pan a un pueblo.

Ya instalada la debacle vinieron los frecuentes viajes al Golfo y a Viena, y el repetido regresó a la patria con las manos vacías, pero sin reconocer el fracaso ni declarar los enormes gastos de cada frustrada gestión. El cártel petrolero nada podía hacer, era la economía que imponía sus reglas. Durante años el precio promedio del petróleo venezolano se mantuvo por debajo de los $60. Lo que se pensó eterno en lo económico fue efímero. Las reservas evaporadas abrieron paso a la más brutal devaluación y se instaló por primera vez en el país la hiperinflación, un vertiginoso 1000% anual. Ya no había dinero para importar y el campo arruinado no dejaba margen de maniobra para su urgente recuperación.

El arroz no creció donde la caña ni la caña donde el arroz. Así que ambos se convirtieron en los productos más difíciles de conseguir. Algún error similar sucedió con las fábricas de papel expropiadas, de modo que el papel sanitario ingresó al grupo de los más escasos, pero también las botellitas de agua desaparecieron por mucho tiempo. Ni pan ni agua ni papel, pero tampoco carne ni leche. Realismo trágico. El país petrolero potencia superó a Macondo por largo trecho. Hay que ser un Anti-Midas para lograr convertir lo que éramos hace 20 años en lo que somos hoy en día. No obstante, todavía hay afectos al régimen que se creen que antes todo era peor que ahora. Muchas horas atendiendo solo a la versión oficial producen pérdida de contacto con la realidad.

La creación de pequeños puntos de ventas de productos regulados, multiplicados por barrios, pueblos y ciudades de nuestra geografía no parecía tan mala solución, pero la realidad fue otra. Mutaron varias veces de organización, se bifurcaron y una de las cabezas pidió auxilio gerencial a la compañía petrolera y una tercera rama surgió para ocupar los espacios de supermercados expropiados. Todos fueron cerrando al lento compás que marcaba una desafinada administración, propicia para el descontrol, el pequeño hurto o la gran corrupción, esto último, como cosa inusual, reconocido por el régimen, aun cuando el cierre de los grandes detales se debió a que la mercancía ya no alcanzaba para llenar sus espacios.

Hoy día la adquisición de bienes regulados se realiza mediante un nuevo invento, un sistema autóctono del siglo XXI. La gente paga por adelantado por unas misteriosas bolsas o cajas y espera pacientemente en su casa a que la junta comunal de su zona traiga su compra, momento cuando se entera de su contenido. También puede recibir, días previos a la entrega, una imagen del contenido de la caja, siempre que disponga de un teléfono inteligente. La verdad es que en tantos años hurgando entre libros de economía, no recordamos haber tenido noticias de semejante sistema en ninguna parte. Con lo único que guarda algún parecido es con el sistema feudal. Como los precios son más bajos que en el mercado formal, hay gente que está conforme con su cajita por considerar que es una concesión graciosa por parte del Estado. Si los pequeños y grandes puntos de ventas formales no funcionaron por falta de control, ¿qué futuro puede esperarse de un sistema rudimentario y caótico como éste?

Es la economía, estúpido, le gritó Clinton a Bush padre, favorito en las elecciones de 1992. El viejo no priorizó la economía y contra todo pronóstico perdió la reelección, pero la frase quedó para siempre. En nuestro país el régimen repitió hasta el cansancio que no es económico el problema sino político. Se antepuso la política, la politiquería y la politización a lo económico. Un error que pasa factura. Pero estando las cosas como están, aun así, no se reconoce la cadena de errores y se le echa la culpa a una presunta guerra económica que repiten cientos de veces pero que no explican. Y cómo van a explicarlo si ellos mismos reconocieron que el Estado es el dueño del 60% de la cadena de comercialización y ejercen un implacable control sobre el 40% restante, además de que los puertos están estatizados. El petróleo, el oro y otros metales y minerales valiosos, por Ley son monopolio del Estado. No reconocer los errores es el mayor error, porque sin ello es imposible enmendarlos. El tiempo es el peor enemigo en la carrera contra la inflación. En su afán de correr la arruga han dejado pasar tiempo valioso, lo cual ha jugado en contra del pueblo, pero, también contra el propio régimen, que ya perdió todo margen de maniobra. Todavía no se reconoce la crisis humanitaria, aun cuando sufrimos la mayor escasez de medicinas del mundo y la gente muere de mengua. No se reconoce la crisis de hambre, pero hay gente comiendo del camión de la basura. No se reconoce la delincuencia desbordada, pero no existe familia que no haya padecido de algún hurto, secuestro o asalto a su vivienda. No se reconoce la hiperinflación así que no hay forma de implementar los métodos probados para combatirla. Tampoco se permite a las empresas indexar su contabilidad a la inflación. Muchas se han marchado del país agravando el desabastecimiento y el desempleo.

Todas estas calamidades tienen a la gente enardecida, la inflación se comió el presupuesto familiar, situación que ya no se aguanta más. Por ello han desbordado las calles del país millones de personas que no están dispuestas a continuar con este sistema. La lectura del régimen sobre lo que está pasando en las calles de Venezuela es completamente errada. Una pésima lectura. La sala situacional se equivocó del todo. Algún día tenía que suceder. No toda situación se puede predecir ni neutralizar de antemano. El régimen en vez de traer aviones exprés repletos de medicamentos y barcos cargados de alimentos y materias primas para elaborarlos, y de este modo intentar paliar la situación, trajo gas pimienta y pertrechos antimotines. La misma respuesta de siempre: reprimir y detener, detener y reprimir. No percibieron que esta protesta es de otra naturaleza, una rebelión civil como respuesta a que todas las vías democráticas fueron trancadas con candado por el ejecutivo y avaladas por los otros entes leales al régimen. Válvulas de escape como el referendo revocatorio y la elección de gobernadores fueron obstruidas sin que les temblara el pulso. Debido al bloqueo de la Constitución, a la inédita crisis económica y al intento de desconocer la Asamblea Nacional, la situación actual no es comparable a ninguna otra protesta del pasado. El país, en apenas tres años, parece haber sufrido los efectos de un ciclón que arrasó con todo a su paso. 2017 no tiene parangón con 2002 o 2014, por la velocidad e intensidad con la que todo se desplomó.

Parece que en el gobierno no hubo nadie con suficiente sindéresis para que se lo advirtiera al presidente. Nadie le dijo que es un error político tildar de enemigo y terrorista a un pueblo hambriento, arruinado, carente de medicinas y sometido por la delincuencia. Es un arma de doble filo ejercer una represión brutal y desmedida contra las marchas y concentraciones de protesta, con modalidades de odio y violencia nunca antes vistas en el país. Las imágenes y los audios cada día son más atroces y espeluznantes con muertes de jóvenes a mansalva, por armas de fuego o bombonas de gases lacrimógenos disparadas a quemarropa o arrollados por tanques ligeros, escenas no aptas para niños y personas sensibles, grabadas y despachadas al instante en videos que giran a la velocidad de la luz alrededor del mundo, mostrando lo que ningún miembro del gobierno, por elemental instinto de conservación, quisiera que se proyectara en la pantalla de cada teléfono celular del planeta.

¿Cuál será el desenlace de todo esto? Es difícil saberlo, pero por el solo hecho de lo aquí resumido sería suficiente para que el tren gubernamental facilitara las cosas y permitiera la elección de un nuevo equipo capaz de unificar al país en torno a lo más urgente e importante: dar de comer a la gente e iniciar la reconstrucción del país.

 

 

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