Los 1950 fueron tiempos de sentimientos mezclados. La Segunda Guerra Mundial recién había terminado, el olor a pólvora no se había esfumado cuando comenzaba la reconstrucción de Europa y Japón. La gente, aunque no olvidaba sus muertos, comenzó a vivir la vida con la esperanza de que la paz y el bienestar serían duraderos. Esa visión de un mundo mejor hizo que muchos comenzaron a tener hijos. El “baby boom” no se hizo esperar y la población comenzó a crecer como nunca en la historia de la humanidad. De tres mil millones de habitantes en 1960 la población pasó a seis mil millones en 2000.

Las necesidades de subsistencia se multiplicaron. La sociedad de consumo, el abaratamiento de los productos, la nueva publicidad y la masificación de la televisión incrementaron la presión sobre los recursos disponibles en el planeta . Los autos y aviones se reprodujeron como hongos, emitiendo chorros de CO2 a la atmósfera. Las ciudades comenzaron a transformarse en megápolis hacinadas y contaminadas, donde la polución pronto dificultaría y hasta haría imposible la respiración.

Desde aquellos tiempos algunos científicos venían alertando sobre anomalías en el sistema climático de la Tierra. Para sustentar sus advertencias se basaban en sus descubrimientos, sumados a los realizados por sus colegas, los pioneros del clima. En 1955 Gilbert Norman Plass, físico canadiense, publicó que las emisiones de CO2 afectan el clima y el cambio climático. Roger Revelle científico estadounidense, coautor de un artículo con Hans Suess, sugirió en 1957 que las emisiones de gases por actividades humanas podrían crear un “efecto invernadero”, lo cual causaría calentamiento global con el tiempo.

En esa época la prensa comenzó a hablar sobre estos descubrimientos. American Scientist publicó en 1956 una serie de artículos. En 1957, The Hammond Times, mencionó los términos “calentamiento global” y “cambios climáticos”, y alertó sobre los efectos del uso del CO2 a gran escala. En 1975 Wallace Smith Broecker, emitió “Cambio climático: ¿estamos al borde de un calentamiento global pronunciado?”

En 1972 Suecia la ONU organizaron la Primera Cumbre de la Tierra. De allí salió la Declaración de Estocolmo, equiparable con la Declaración de los Derechos Humanos, orientada hacia la normalización de las relaciones de los seres humanos con el medio ambiente. En sus 26 bellos enunciados flota el espíritu del “Homo verdaderamente sapiens”. Allí se encuentra todo lo que se debió hacer para revertir el peligro. Aún estábamos a tiempo.

Sin embargo, nada cambió. Peor aún, en los siguientes 20 años la mayoría de los países hizo lo que le vino en gana. De la «Gran Aceleración de los 50» pasamos a la «Hiper aceleración de los 70», ambas denominaciones acuñadas por hombres de ciencia. De este modo sintetizaban sus alertas, sus denuncias y sus gritos de silencio, porque no fueron escuchados sino por unos cuantos receptores.

En 1976, la declaración de Mijaíl Budyko, climatólogo ruso, “ha comenzado un calentamiento global”, tuvo gran difusión. En 1979 la Academia de Ciencias de Estados Unidos, encabezada por Jule Charney, describió los efectos del CO2 de una manera más amplia, atribuyendo su uso al incremento del cambio climático. En 1988, James Hansen, climatólogo de la NASA, testificó ante el Senado de Estados Unidos que el calentamiento causado por el hombre ya había afectado considerablemente el clima global. Desde entonces el término calentamiento global se popularizó en la prensa y en el lenguaje coloquial.

Así llegamos a la Segunda Cumbre de la Tierra, Rio de Janeiro 1992. Allí se dio continuidad a los 26 enunciados de Estocolmo, proclama que no debía ser engavetada. Río-92 produjo una variedad de documentos que abarcaban los principales temas para enfrentar los problemas de la Tierra:

La Declaración de Río sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo. La Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC). La creación de las COP, Conferencias de la Partes, anuales, sobre cambio climático. La Declaración de principios relativos a los bosques. La Convención de la lucha contra la desertificación. El Convenio sobre la diversidad biológica y La Agenda 21 para promover el desarrollo sostenible.

Más completo imposible. Pero muy teóricos, muy flexibles y propensos a extraviarse en las marañas burocráticas. En su mayoría con carácter no vinculante, o sea, dejaban al libre albedrío de los países las soluciones a la enfermedad de la Tierra. Resultaron difíciles de controlar y fáciles de evadir. El camino quedaba abierto a la soberanía nacional como escudo protector contra algún “intento injerencista”, aun cuando se tratara de preservar la vida de todos quienes compartimos este privilegiado hábitat azul.

De esta manera el planeta quedaba desprotegido si no se hacía algo urgente al respecto. Así surgió la idea de crear un convenio climático que obligaría a los países a cumplir sus recetas. Para ello, qué mejor que utilizar las recién creadas herramientas, las COP, en las que se reunirían anualmente las naciones para discutir y hacer seguimientos a los problemas del cambio climático. En teoría las conferencias climáticas eran la solución para avanzar en los diversos temas que irían surgiendo.

La COP1 se realizó en Bonn, en 1995. Fue en esta ciudad alemana donde se inició la negociación de un protocolo climático que quedó listo para su presentación en la COP3. Tocó a la hermosísima y pintoresca Kioto, apacible y amable ciudad japonesa, bautizarlo con su nombre. Así nació el Protocolo de Kioto, el 11 de diciembre de 1997. Sin duda un gran logro para aquel momento, la primera consecuencia tangible de la Cumbre de Río. Entró en vigor el 16 de febrero de 2005.

La noticia corrió como reguero de pólvora y por primera vez cantidad de hombres y mujeres ingresaron Kioto a su vocabulario, junto a algunos otros conceptos relativos al medioambiente y a los síntomas de la Tierra. Frases como calentamiento global, cambio climático, efecto invernadero, combustibles fósiles, dióxido de carbono (CO2) y otras, se repetían cada vez con mayor frecuencia en todo el mundo.

Todo parecía ir sobre rieles. El Protocolo de Kioto se perfilaba como uno de los documentos más importantes y esperanzadores de la humanidad para regular las actividades antropogénicas, capaz de recuperar el medio ambiente global. Sin embargo, entre 1997 y 2009, al Protocolo de Kioto le tocaría recorrer un tortuoso camino que culminaría con su colapso en doce años. ¿Quiénes lo derribaron? ¿Cuál era su contenido? ¿Cuál su espíritu? Son preguntas lógicas para quien no está adentrado en el tema.

Comenzaremos por responder la última de ellas. El espíritu con el que se redactó el Protocolo de Kioto representó el compromiso de reversar los daños que los humanos habíamos hecho al planeta. Era el primer compromiso regulatorio del clima de la Tierra. Tener un acuerdo que sería firmado por la mayoría de los países de la Tierra fue algo que inspiró a muchas personas. En teoría, se iniciaba la recuperación del tiempo perdido en la segunda mitad del siglo XX, ya casi en el umbral del nuevo milenio.

En cuanto al contenido, las naciones mostraron por primera vez estar de acuerdo con que las emisiones de gases de efecto invernadero representaban un riesgo y reconocían que había que controlarlas. Los países industrializados se comprometieron a una serie de medidas para reducir dichas emisiones. La meta se fijó en 5% menos de los niveles prevalecientes en 1990, que debía lograrse entre 2008 y 2012.

Finalmente arribamos a la tan esperada COP15, reunión en la que se cifraba una inmensa esperanza. Se pensaba que le tocaría a la capital danesa el privilegio de dar las buenas noticias al mundo mediante el anuncio de un nuevo protocolo para la disminución de emisiones de GEI. En términos cuantificables significaba la reducción de emisiones de CO2 a menos de 50% para 2050 respecto a 1990.

Sin embargo, faltando tres semanas para el inicio de la COP15, China y Estados Unidos se reunieron en Tailandia y decidieron que los acuerdos de Copenhague no tendrían carácter vinculante, de manera que la suerte de la Cumbre estaba echada antes de comenzar.

La última noche los presidentes de China, Estados Unidos, India, Brasil y Suráfrica, sin la presencia de los representantes europeos, ni los demás países, realizaron una reunión a puertas cerradas y en apenas tres folios redactaron un acuerdo no vinculante que ni siquiera fue sometido a votación. Finalmente solo fue expuesto a la toma de conocimiento de los asistentes, junto a la promesa de que a principios de 2010 se trabajaría en una plataforma política, base para construir compromisos jurídicos vinculantes en la COP16.

Como era de esperarse, la cumbre fue calificada de fracaso y desastre por muchos gobiernos y organizaciones ecologistas. Allí se enterró el Protocolo de Kioto, pues ninguno de los intentos que posteriormente se realizaron lograron revivirlo.

Hemos dejado pasar demasiado tiempo. Ya no se pueden postergar más las acciones para detener el cambio climático. Ahora le toca entrar en escena al sucesor del Protocolo de Kioto, el Acuerdo de París, que entrará en vigor el años que viene. El 2020 serán doce meses de mucha tensión. Las nubes negras ya comenzaron a aparecer y los negacionistas del cambio climático se multiplican.

Todos tenemos que estar alertas y poner nuestros cerebros y corazones para que el Acuerdo de París corra con mejor suerte que su antepasado de Kioto.

Sandor Alejandro Gerendas-Kiss