Solo fue un mal sueño

Por Sandor Alejandro Gerendas-Kiss
Publicado el 26 de mayo de 2017

 

Solo fue un mal sueno Articulo de Sandor Alejandro Gerendas KissEn medio de la madrugada tuve una pesadilla horrible. Caminaba en una extraña calle que nunca en mi vida había visto. Parecía de una ciudad europea, pero al final no lo fue. Estaba llena de enormes piedras, escombros, zapatos, pedazos de tela, almas de violines destrozados que se fundían en un solo ocre pesado y pastoso.

Los edificios a ambos lados estaban acribillados, olían a pólvora y lacrimógenas evaporadas. Ninguno tenía ventanas ni balcones, pero si un mínimo portal con una silla, un perro con collar de espinas y un laptop en la silla. Solo eran fachadas frías y ciegas carentes de cualquier signo vital o artístico. Ni vida ni arte, solo tonos grises y negruzcos y algunas con violentos mosaicos de friso desprendido, en una hilera interminable de edificios cuya miseria se perdía en los confines de la ciudad, marcada por la línea ocre y los collares de espinas. Era una visión cinematográfica maluca, fea, nauseabunda, que se podía oler con la vista. Mi ansiedad y miedo no me abandonaban y más bien se acrecentaron cuando al fin me apercibí de mi soledad, ya que era el único ser que por allí deambulaba.

En un momento dado, en aquel paisaje devastado y derrotado, como surgidos de las más oscuras noches humanas, aparecieron cantidad de militares y policías con sus uniformes, botas, fusiles, cascos, escudos y bombas, todos negros, todos reglamentarios, todos con sus armas en mano, desplazándose como borrachos evitando los obstáculos. Algo presentí, pero no recuerdo si ya en ese momento sabía lo que se proponían.

Al avanzar un poco más, me topé con un grupo de efectivos que preparaba un pasillo de cordones que nacía de uno de los edificios que sí tenía una ancha entrada de doble hoja de madera, aunque carcomida por los elementos. Encima colgaba un gran cartel negro sin un dibujo, una letra o señal que diera luces sobre lo qué trataba todo eso.

Al acercarme a uno de los militares, uno de los más fornidos, de cara desnuda que en instantes se trocó en un rostro encubierto por un mascarón negro, le pregunté qué había sucedido, pero en vez de responderme, de mala manera me manoteó la cara e increpó mi presencia por no poseer un salvoconducto. Sin dejarme hablar me preguntó si no estaba enterado de lo que había sucedido. Yo moví la cabeza en señal de negación y entonces el militar soltó una horrenda carcajada que reverberó dentro de su carcaza unos segundos. Al ver mis cejas levantadas volvió a reír como lo haría un sádico, para enseguida soltarme una retahíla verbal que en mi ensoñación apareció como un chorro de palabras disparadas por una ballena, de las que tumban y ahogan por igual a jóvenes, ancianos, embarazadas o eméritos doctores manifestantes.

-¡Les ganamos, les ganamos, los jodimos, los jodimos, matamos a muchos, pusimos presos a muchos otros, los volvimos polvo cósmico, si, polvo cósmico!

Me senté sobre una piedra para no caerme, mientras el animal terminaba de gritar. Sin embargo, sin esperar el fin de la metralla verbal, mi vista se detuvo en el espacio que dejaban entre sí los dos largos cordones de terciopelo rojo, sujetados por los acostumbrados soportes cromados. Ambos de lujo, como recién sacados de sus cajas, contrastaban con aquella oscura y miserable destrucción y sobre todo con la pasta ocre en la cual descansaban. Entre dos golpes de pestañas ya el espacio vacío entre los cordones se presentaba repleto de gente haciendo cola vestida de camiseta roja. Mientras intentaba adivinar de qué teatro o auditorio se trataba miré hacia arriba y de pronto allí estaba el gran cartel negro, que ya no estaba vacío. Con estupor observe las grandes letras, plasmadas con torpeza y pintura roja, que componían apenas tres grafias: CNE.

-¡Vamos a votar la nueva constitución! Gritó una jovencita raquítica en la fila, cuya hambre apenas podía sostenerla en pie.

-¡Ganamos, ganamos, ya Tibisay dijo que ganamos!

Tibi, Tibi, Tibi

Tibi, Tibi, Tibi

Tibi, Tibi, Tibi

Gritaba la muchedumbre, cuyos componentes eran tan delgados como la chica. Todos, antes de ejercer “el sagrado derecho del voto” ya se sabían triunfadores.

Ante mi cara de asombro el fortachón me informó: -ustedes los escuálidos quedaron inhabilitados de por vida. Ya no pueden ejercer ese derecho.

-¿Cómo sabe que soy un escuálido?

-¿No se ha mirado el antebrazo?

Al mirarlo había una destacada letra E morada tatuada sobre mi piel. Fue tal mi desasosiego que ni cuenta me di cuando apareció en el umbral de la puerta la inconfundible figura de Tibisay.

Tibi, Tibi, Tibi,

Tibi, Tibi, Tibi

Tibi, Tibi, Tibi

En medio de la algarabía, parada sobre aquel imaginario pedestal, emitió su boletín final: Según el conteo de votos, a esta hora, mi victoria ya es irreversible.

-¡Yo soy la nueva presidenta de Venezuela!

Y mi primer decreto es… (se escucharon redobles de tambores)… eliminar el internet y las ventanas de los edificios.

Tibi, Tibi, Tibi

Tibi, Tibi, Tibi

Tibi, Tibi, Tibi

No Dios, esto no puede ser cierto, debe ser una pesadilla, la peor pesadilla, Tibi presidenta, Tibi presidenta, me retumbaba en la cabeza una y otra vez. No sabía si todavía soñaba, pero al cerciorarme de que la E ya no estaba en mi epidermis, caí en cuenta de que había despertado, que todo había sido un mal sueño e iba camino hacia el comedor en busca de alguna bebida para aliviar mi conmoción.

Sí, solo un mal sueño. Una pesadilla que no debemos permitir que se convierta en realidad. Los regímenes no tienen piso político, ni económico, ni moral. Está visto que no puede garantizar lo mínimo: ni pan, ni medicinas ni seguridad, con más del 80% de la población en contra.

Sin embargo, no podemos confiarnos. Debemos mantenernos de pie, unidos, mirar por el retrovisor los logros obtenidos con nuestra Unidad durante años. No solo la Asamblea, sino gobernaciones y alcaldías son grandes éxitos, además de inéditos. En ningún otro país se han unido decenas de partidos para formar un bloque como en el nuestro. No debemos juzgar la Unidad por un solo día. Hay que recordar sus logros todos los días y concienciar su larga duración en el tiempo y espacio, ya inscritos para siempre en nuestra historia contemporánea.

No está permitido equivocarse y si nos equivocamos tenemos que saber devolvernos. No criticarnos. No mirarnos con desconfianza. Ver cada salto de talanquera como una baraja menos en su castillo de naipes. Si muchos saltan el castillo salta. Mirar los saltos de talanquera como una victoria de nuestra presión de calle.

Nuestra lucha y en especial la de quienes ofrendaron sus vidas, no debe caer en el vacío, no ha de ser en vano. Es mucho lo que está en juego. Gracias a nuestra presión de calle no hay rincón en el mundo donde no se sepa lo que está ocurriendo en Venezuela. Está dando frutos, hay que continuar.

Tenemos que volver a ser el país que fuimos, con todas las medicinas, todos los alimentos, todos comiendo tres veces al día, con todas las proteínas y todas las vitaminas para nuestros bebés, niños adolescentes, jóvenes y viejitos. Un país donde no haya que atropellarse para comprar una canilla de pan. Donde no haya que habitar en una cola. Si no lo hacemos estaremos condenados a caminar sobre un sustrato ocre como el de la pesadilla, quién sabe por cuánto tiempo.

Es deber de todos impedir que nuestra querida Venezuela se pierda en la más larga y oscura noche de su historia.

 

 

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